jueves, 22 de noviembre de 2007

Reflexiones de un verano marchito


 


 

Con la llegada de la liga de futbol y los anuncios de la "vuelta al cole", parece que todos súbitamente regresemos a la rutina diaria y se nos quede la sensación de haber abandonado el mundo y sus duras miserias, durante unos días eternamente cortos.

Para la hostelería y la restauración llega el fin de la que muchos llamamos: la "temporada". Año tras año podemos comprobar que la época estival en las zonas de playa o donde la temporada de más actividad llega durante los periodos vacacionales, se ha convertido en un tiempo mucho más corto y mucho menos intenso. No hace muchos años el periodo de verano duraba en la cercana Playa de San Juan, o en cualquier zona costera de nuestro extenso litoral, desde el final del colegio o de las Hogueras, hasta la vuelta al colegio o a la segunda quincena de septiembre. Los hábitos han ido cambiando poco a poco y paulatinamente se han ido convirtiendo las vacaciones estivales en un número menor de días de disfrute(Ahora vemos las ofertas de la vacaciones que nos animan a viajar en los meses de septiembre y de octubre, cuando eso era algo que nos parecía impensable) Para los negocios de hostelería costeros ha supuesto también un cambio radical en los planteamientos de su trabajo de temporada. El número de días de trabajo se han reducido considerablemente, de los sesenta o setenta días de trabajo intenso se ha pasado a unos cuarenta o cuarenta y cinco días, cambiando también el hábito de salir a cenar o a comer todos los días y centrando el grueso fuerte de trabajo sólo los fines de semana. Como dice mi buen amigo Kike "ninguna familia puede estar treinta días seguidos gastando dinero"

La realidad de la hostelería de temporada o de los negocios que tienen su mayor actividad en determinadas épocas del año, merece una reflexión seria y concisa. Muchos de estos negocios no logran sobrevivir al duro invierno y no son capaces de adecuar su oferta a las nuevas situaciones lo que provoca cierres de establecimientos y por consiguiente, perdida de la oferta hostelera, gastronómica y turística. Las empresas que sobreviven son las que son capaces de adaptarse a las nuevas situaciones. Tarea difícil pero no imposible. Lo de mejorar y adecuar la oferta pasa por un compromiso serio de todos para poder optimizar y realzar nuestra variada y , a veces, obsoleta oferta.

Se busca desde las altas esferas turísticas que el turismo sea un motor que gire todo el año a las mismas revoluciones, algo difícil ya que el camino no es llano sino que es una sucesión de subidas y bajadas que tenemos que ir suavizando.

Los factores que han influido sobre el acortamiento de la temporada estival, merecen más bien un análisis sociológico que turístico. La economía o, mejor dicho, la reducción de la economía particular, es un factor que ha influido en este descenso del consumo. Las subidas del famoso Euribor, la luz que aumenta sin descanso, los puntos del sufrido carnet de conducir, la reducción del nivel adquisitivo familiar, el famoso cambio al euro o la gran diversificación de la oferta de ocio son y han sido factores que nos han acompañado en esta temporada atípica.

La hostelería no es exacta por lo que las previsiones de personal, de género o de planificación horaria son muy difíciles de calcular, año tras año se ha demostrado que el camino es de cuesta abajo, la tendencia va en regresión y los negocios tienen que ser capaces de adaptarse a las nuevas situaciones para poder sobrevivir y esperar tiempos mejores. Paciencia y buen trabajo. Lo único positivo es que en tiempos de vacas flacas se produce una selección natural que puede llegar a ser positiva. Reflexionemos.