domingo, 19 de diciembre de 2010

Un cuento. "LA SOLEDAD DEL CHEF"

Una fina lluvia lloraba desde el infinito con la suavidad, la parsimonia y el ritmo correcto y pausado de una delicada partitura de silencios. El cálido sol que anunciaba la primavera, dibujaba los colores de arco iris en el azul del cielo. La tristeza y la alegría se mezclaban en una armonía de búsquedas y encuentros, en una sinfonía de anhelos y recuerdos, y en una perfecta simbiosis de soledad y de felicidad por el ansiado retorno. Había prometido inconscientemente, ni llorar ni emocionarme. Daba igual, no había nadie. La lluvia, el sol, Don Juan -el joven y voluntarioso párroco- , Julián -un periodista cansino e insistente- y servidor: Antonio el del Pou.

El señor Paco siempre fue un hombre de silencios, sus palabras se contaban como sentencias de verdad y su rico y maravilloso vocabulario sólo se quedaba guardado en la recóndita despensa de su mente. Fue demasiado parco en palabras pero generoso a manos llenas en humildad, trabajo, dedicación y esfuerzo por enseñar todo lo que podía. Su didactica era ejemplar, lo justo y necesario, llano y sencillo, sin florituras.

- Antonio, así no se limpia la musola. – me decía mirándome por encima de sus viejas y gastadas gafas-

- Hazlo bien. Como te he enseñado. Tu tiempo es el mío y si lo pierdes, todos lo perdemos. Lo nuestro es trabajo en equipo, si reímos debemos hacerlo juntos, si lloramos, a llorar todo el mundo y si nos equivocamos, erramos todos. Nadie es nadie si no tiene con quien compartir. ¡Vamos Antonio¡

La ceremonia fue muy breve, Don Juan era demasiado joven para haber conocido al señor Paco y todo lo que con voluntad intentaba expresar, se quedaba vacío y hueco. Sus ojos intentaban preguntarme algo. No creo que supiese el qué, tal vez oyó rumores, cotilleos rancios de un pueblo que ha crecido desmesuradamente entre silencios, entre palabras calladas y entre historias a medio contar. Si me hubiese preguntado no hubiese sabido qué contestarle. No sé todavía qué hacía allí, treinta años son demasiado tiempo escondido en la falsa vanidad, resguardado en la efímera fama y cubierto de una gloria inmerecida.

La pregunta fue directa y sin concesiones a la hipocresía.

¿Por qué? Me espetó mirándome fijamente a los ojos el bueno de Julián. Sí, ese periodista cansino e insistente que me había aupado a las cimas culinarias con sus beneplácitos, con su sagaces y correctas críticas, con su escritura sincera y llena de pasión. Sí, Julián conocía perfectamente mi vida y mi obra, mis aciertos y mis fracasos, mis fobias y mis manías, ese amigo que hoy me preguntaba y me reprochaba al unísono.

El porqué era difícil expresarlo. El porqué me fui y dejé a quienes me habían apoyado en conseguir mis méritos para encumbrarme a mí mismo, el porqué abandoné mi espacio y mi lugar, el porqué dejé atrás a las personas que más había querido sin ni si quiera volverme y mirarles a los ojos y despedirme, el porqué había sido un cobarde en afrontar las realidades y había escapado apoyado en la falsa vanidad y el efímero éxito…. Nunca había sido valiente, más bien todo lo contrario. Había entrado por primera vez en el templo que representaba la cocina del señor Paco con la cabeza baja y el remordimiento de haber sido un mal estudiante y un mal hijo; con la vergüenza del fracaso, con el desgarro de la orfandad y con la falsa ilusión de quien no tiene ni presente ni futuro.

-Antonio, para empezar quiero que me limpies todos esos calamares. Sin prisas. Despacio y bien limpios. Luego te enseñaré a rellenarlos con nueces, pasas, unas hojas de albahaca, sus propias patas y carne picada adobada con hinojo y laurel. Luego los cocinaremos y probaras el sabor de la montaña y del mar fundidos en un maravilloso escaparate de contrastes.

Realmente no lo sé, Julián. Tal vez fue la ignorancia de la juventud, conseguí el éxito demasiado joven. La receta con la que gané aquella beca en París no era totalmente mía, era del señor Paco. Sí, él la creo y yo sé la robé.

La recuerdo perfectamente: “la borreta con viso de la Vega Baja y lisones de la huerta”. Todo un éxito, mejor cocinero joven, beca en París con Joel… todo un futuro por delante, y lo único que hice fue huir. Salí corriendo, no lo pensé. Fue todo muy rápido, los billetes de tren, la maleta casi vacía, las lágrimas de mi madre en el andén… un recuerdo que sólo duró las largas horas del cansado viaje. Al llegar a París ya no existía ni mis principios ni mis recuerdos, sólo tenía presente algo que siempre me ha acompañado: la mirada inquisitiva, paternal, desafiante y tierna que el señor Paco me regaló como último presente de nuestra amistad. No hubo reproches ni palabras no dichas, solo silencio. Sus últimas palabras fueron, como siempre, secas y directas, sencillas y llenas de saber.

Todavía no sé porqué no regresé cuando mi madre se marcho de la cocina de la vida a los cielos de los fogones eternos. No sé porqué me quedé llorando y anhelando sus consejos, sus ternuras, sus dulces caricias de perdón, su sensación de pérdida y de ausencia cuando me marché, su amor sincero y fiel de alegrías compartidas, su paz hallada en su merecido descanso de jubilación de ollas y sartenes, o sus delicadas cartas de nostalgia.

“Antonio, mi vida. ¿Cómo estás? No sé nada de ti, lo único es lo que me entero por la prensa o la televisión. Estoy muy orgullosa de todos tus logros, sabes perfectamente que me hacen inmensamente dichosa. Por aquí todo sigue igual, los inviernos son fríos y tristes, y tu ausencia los hace vacíos y desesperantes. No te preocupes, hijo, te entiendo. Tú sí que has tenido el valor de escapar de estas soledades y buscar la fama que aquí nunca hubieses conseguido. El señor Paco sigue como siempre, todavía no ha vuelto a nombrarte. Lo prometió y lo cumple. Ya sabes que se quedó muy dolido con tu marcha y que nunca ha vuelta a crear ninguna nueva receta. Da igual, sigue teniendo su restaurante siempre lleno aunque ha perdido eso que le hacía especial y que le llenaba de alegría: su docencia compartida. Parece raro, solo había buscado siempre tener un alumno que le superara, que compartiese sus enseñanzas y que crease todo lo que él no había podido crear, y , cuando lo tuvo, no le perdonó que le dejase. No te preocupes mi amor, seguro que el tiempo ejerce de preciado ingrediente del guiso del perdón. Cuídate mucho. Tu madre que te quiere.”

Guardo todavía sus palabras escritas en el fuego incesante de mis dudas. Releo los reproches de mi ausencia y lloro sus melancolías con el desgarro del cobarde que creyó en la ignorancia de la valentía.

Sí, Julián, me marché hacia el éxito y la fama con la maleta llena de soledades. Ahora vuelvo para dejar el lastre de mi vacía vida. He creado miles de recetas, he cocinado los más variados y ricos ingredientes en platos llenos de amor y pasión, llenos de anhelos y nostalgias. Platos llenos de soledades, platos tristes.

Recuerdo hoy las palabras de señor Paco como un eco de nostalgia y admiración. Le veo hoy presente con su impecable chaquetilla blanca, con su porte elegante, con su fácil y directa conversación, con su creatividad pura y limpia de vanidad, con su ejemplo… y me veo a mí mismo, en un rincón, callado y temeroso en humildad, observando y aprendiendo, callando y gritando saberes en mi interior.

-La Borreta es algo muy sencillo, Antonio. Hay que hacerla con mimo, con delicadeza y con amor. Tus rabias, tus desengaños avinagran cualquier plato. Elige bien los ingredientes. Cámbialos si quieres pero nunca a peor, siempre a mejor. Innova desde el respeto por la tradición. Juega y prueba. La creación, Antonio, está en el alma y en el corazón.

La cocina, Antonio, es amor. Te recuerdo de pequeño, cuando eras un chaval. En el pueblo decían que habías nacido el día que llovían pétalos de flor de almendro; decían que esa nieve que acompaño tu venida al mundo fue la mejor de muchos inviernos; decían que se habían podido llenar todos los pozos, el de tus padres también; decían que no viste a tu padre nunca, que el filo de la muerte te privó de compartir su amor por su tierra. Pero Antonio, tú lo tienes. Es innato en ti, la tierra, sus árboles y sus frutos te quieren, y tú debes quererles a ellos, debes devolverles su amor con respeto y admiración. Cocínalos con pasión y así, serás feliz.

Hoy vuelvo a recuperar el aroma perdido del giraboix, de la borreta, de la pericana, del llegum... Hoy no recuerdo las escerificaciones, las espumas, el nitrógeno líquido, la roner, la termomix… sólo recuerdo los aromas que me han hecho quien soy, que me han acompañado en mis soledades, esos saberes y aromas que olvidé en el esnobismo de la vanguardia mal entendida, esos recuerdos de mi memoria gastronómica que han estado siempre presentes pero que no he sabido ni administrar, ni conservar en toda su verdadera esencia.

Ya han pasado tres meses de aquella tarde soleada y lluviosa, y todavía sigo aquí. Ya no pienso en regresar, ya no recuerdo adónde debía volver. Ahora estoy donde debo estar, ahora mis platos siguen creciendo, mis creaciones cada vez son mejores, y el reconocimiento y el éxito, es lo menos importante. Para crear, realmente, solo se necesitan algunos ingredientes: la paz interior, la felicidad, la alegría de los tuyos, el compromiso con los demás, la pasión por la que vives, el amor de esos ojos azules que habías buscado toda la vida y que ahora has encontrado tan cerca, y , cómo no, el trabajo. Siete palabras como siete ingredientes perfectos del plato que el señor Paco me enseñó calladamente a preparar en el banquete de la vida, y que no he sabido mezclar hasta hace bien poco. Las recetas de nuestra vida se basan en la correcta elección de sus ingredientes, en la perfecta mezcla de ellos, y en la eficaz dosis en su medida. Algo tan sencillo que solo cuesta media vida saberlo. Gracias señor Paco.