lunes, 21 de septiembre de 2009

LA SOLEDAD DEL BARMAN

Pepe es un buen tío, dejó su Jaén natal para venir a buscar un futuro que todavía no ha encontrado después de casi treinta veranos. Lo de la aceituna iba mal entonces, su amigo Paco se había venido a Benidorm y volvía al pueblo de la montaña de Jaén con un montón de dinero y de maravillosas historias. Pepe vivía solo con una vieja madre viuda y un montón de baldía tierra y de tiempo desaprovechado, así que cuando su madre partió para su mundo soñado, Pepe pudo recuperar su libertad para el mundo que había imaginado en mil noches de pocas estrellas. Lo triste, es que ahora está solo. No hay estrellas, no hay ilusión, ya no queda un sitio al que volver y los falsos amigos son fantasmas que ahora aparecen con toda la claridad de su hipocresía.

Su verano ya ha acabado y no tiene donde volver, las falsas promesas de sus "queridos" e hipócritas clientes se han convertido en nulas esperanzas. Ese trabajo ofrecido y mentiroso es una quimera vendida por un trato de favor no correspondido.

El verano de Pepe, su temporada como él decía, ya no es lo que era. No hay bote ni dinero para salir a reír y no llorar, el maldito euro no da para más, sus salidas son al pozo sin fondo de la depresión de la botella y de los puertos vacíos sin barcos en los que partir hacia el futuro.

Pepe ya no sabe qué hacer, su tiempo y su pasado se han gastado en duras jornadas de dieciséis horas con la justa y obligada sonrisa y la inmaculada presencia, ahora ya no se ríe sino que llora su desgracia. Su buen jefe, según él creía, no le puede garantizar el puesto de trabajo: "El invierno es muy duro…". Para pepe la vuelta es una derrota, así que seguro que le veré en un banco solitario con un litro de vino barato y pidiendo un cigarro con la sonrisa de unos mellados dientes y con los ojos tristes y llorosos del hombre que quiso ser el mejor camarero del mundo y que ahora es una sombra de una realidad del lado oscuro de nuestra floreciente hostelería y gastronomía. Reflexionemos