jueves, 16 de octubre de 2008

EL CRÍTICO INTRÉPIDO

Permítanle a servidor que les refiera una noticia del mundo de la gastronomía que está dando bastante de qué hablar. Más que una noticia, para servidor bien pudiera considerarse una fábula en la que cree que cada uno de nosotros debería sacar su propia moraleja.
“Había una vez un reconocido crítico gastronómico que harto de los despropósitos de muchos seudo-críticos o de muchos autodefinidos gastrónomos, decidió inventarse un restaurante falso. Lo bautizó como “El intrépido” y lo situó en Milán, creó su página web con una carta de platos rimbombantes y hasta absurdos, describió una bodega con más de 2000 referencias y dejo críticas deliciosas en todos los ambientes gastronómicos. Para culminar su farsa se presentó a un concurso de la revista “Wine Spectator”, pagando incluso los casi 300 euros de la inscripción, y obtuvo un premio a la excelencia por su carta de vinos. Todo un mérito para algo que no existe”.
Para servidor la moraleja está muy clara, “la crítica solo puede comer y beber en las mesas del conocimiento y del saber”.
Robin Goldstein, que así se llama el crítico intrépido, ha sazonado con la pimienta de la duda todo esté menú compuesto por la crítica y los propios restaurantes o bodegas. ¿Qué debo hace creerme todas las bondades o todos los errores que me cuentan de un restaurante, o dudar de la opinión de críticos que sí que son realmente serios? Para servidor la respuesta está muy clara, creo que el mejor crítico siempre es uno mismo.
Actualmente el mundo gastronómico convive con la crítica de una manera casi consensuada, los críticos viven de sus comentarios y los restaurantes viven de los críticos, casi un acuerdo tácito, invisible pero presente realmente. Una cosa está clara, si hay un perjudicado siempre será el cliente, al menos aquel que se deje orientar por los comentarios de cualquier descerebrado que se nombra a sí mismo crítico y que su única relación con la gastronomía es la de ponerse ciego a comer y beber a costa del asustado restaurador que espera sus beneplácitos y que le colma de atenciones para no caer en la desgracia de una mala crítica. Hablar por hablar es totalmente gratis y muy lícito pero para servidor, que vive de servir, le asusta y le preocupa que se pueda jugar con el pan ajeno sin ningún tipo de escrúpulo y que no se reconozca el trabajo de los demás esté mejor o peor hecho con el único fin de llenar los propios egos y de considerarse “entendidos” sin conocer realmente las realidades gastronómicas o enológicas que se viven día a día. El criterio es algo que se va adquiriendo día a día y sin ese criterio creciente y teniendo en cuenta con humildad la propia ignorancia, las críticas solo son palabras huecas. A servidor por ejemplo, le encanta equivocarse con la elección de un vino o de un restaurante simplemente porque disfruta muchísimo más, del acierto. Reflexionemos.