viernes, 20 de marzo de 2015

El Viajero de los Sabores, Castellón y su aceite




El viajero está feliz, hoy la palidez y la dura claridad del folio en blanco se han convertido en belleza de colores ocres de otoño, de verdes, de amarillos intensos y de alegres dorados con los recuerdos de aceites, montañas, pueblos y, sobre todo, de colores de hospitalidad de las buenas gentes de las tierras de Castellón y de la riqueza de sus preciados y reconocidos aceites.
El viajero no viaja solo, el camino, la lluvia generosa de los campos, el paisaje envolvente y majestuoso de las sierras o las montañas y la compañía de buenos y felices compañeros de aventuras ávidos como él de conocer y vivir la experiencia reveladora del conocimiento de unas tierras y unas gentes, las de Castellón y sus comarcas del Alto Palancia y la Sierra del Espadán, han hecho del viaje aventura y de la aventura, toda una experiencia. Esta vez el viajero ha cargado su pequeña mochila de curiosidad, de ilusión y de avidez por conocer. Esta vez, más que nunca, el viajero se pregunta el porqué viaja tan lejos teniendo tanto y tanto tan cerca.
El camino ha sido sencillo y rápido, en menos de dos horas ha abandonado el mar y se ha adentrado hacia el interior majestuoso de las tierras de Castellón. Viajando despacio para que el paisaje se filtre por sus poros y, poco a poco, el viajero vaya absorbiendo el carácter de unas tierras que le prometen felicidad, paz y sosiego. Su primera parada y su lugar de hospedaje es Segorbe. Tremenda urbe cargada de historia, de pequeños lugares llenos de encanto, de belleza y de tradición. Jardines, paseos y calles desbordantes de alegría de unas gentes que acogen al viajero con la amabilidad y la hospitalidad que solo el buen carácter consigue, Y sí, para el viajero las gentes lo son todo y aquí en Castellón ha descubierto mil y una personas llenas de bondad, de pasión por lo propio, de nobleza, de ilusión por mostrarse y llenas de lo que más le gusta al viajero, de amistad fiel. Bravo.
El viajero ha visto mil museos pero el Museo del Aceite de Segorbe le trasmite aromas de tierras, de sierras, de campos sufridos al sol y al frio del invierno, de gentes laboriosas y de la recompensa de su merecido premio en forma de un oro líquido por el que viven y perviven, su gran aceite. El aceite es mucho más que un simple condimento o un aliño para un plato. El viajero ha comprendido que el aceite, el de Castellón, es el vivo reflejo del trabajo de una comarca. Es el hilo conductor de miles de vidas. Es el despertar de cada mañana y la mirada temerosa a las nubes, a las lluvias y a los soles en busca del clima  que le confiera sus aromas y sus sabores. Y de esto en la comarca de la Sierra del Espadán saben mucho. Aquí sus aceites no transitan por el vil mercantilismo de las grandes producciones. Aquí el aceite es la vida y como tal, lo entienden sus productores. Y encima con algo que emociona al viajero, quien lo cultiva, lo elabora, lo embotella y lo vende. Más amor, imposible.
Pero el viajero está cargado de sensaciones y emociones y necesita un merecido reposo para interiorizar de una manera pausada lo vivido. Necesita el respiro de la tranquilad y la paz y qué mejor sitio que el Hotel Martín el Humano en Segorbe. Además el viajero se relaja y disfruta de un emocionante y sabroso menú a base de platos con el aceite de protagonista. Y sí, dice, el viajero, el aceite protagonista  y no sólo como un ingrediente más. El bueno de Javier simón, al frente de los fogones y de todo, cocina con la pasión que solo consigue el amor a lo cercano. Cocina con el compromiso que solo consigue con el compromiso de lo propio. De sus manos salieron para deleite del viajero platos tan llenos de vida como el  Pomodoro del Alto Palancia, la Gamba roja con  mayonesa de coral, la yema curada, habitas, panceta en aceite y caldo de jamón o la presa ibérica ahumada, aceituna y aceite etéreo, para terminar con un soberbio pan aceite y chocolate.
Ahora el viajero duerme y sueña con aromas y sabores que le devuelven a la esperanza. Está feliz y se le nota. Todavía le esperan muchas emociones y se alegra.
Su mañana ha empezado con una gran compañera y amiga, la lluvia. Al viajero le encanta, sabe que es la alegría de los campos y recuerda las frases de las buenas gentes del campo que al otear el cielo sonríen.  Hoy la lluvia va por vosotros. Y especialmente por las buenas gentes de la Cooperativa de Viver que acogen al viajero con una hospitalidad convertida en amistad. El viajero se emociona y solo puede hacer que escuchar y aprender. Le enseñan pasión y compromiso, saber y sabor, trabajo e ilusión. Casi nada. Ahora el viajero entiende tantas cosas. Si el aceite del Alto Palancia es tan especial, la culpa es de sus gentes. Y se alegra de haber venido. En el restaurante Thalassa de Viver descubre la pausada creatividad de un cocinero, Vicente Bueno, su nombre lo dice todo, todo. Pero además de las tierras, los aceites o los olivos al viajero le deparan grandes sorpresas en forma de sabores en una delicada cena en la Masía Durbá, un paraíso del sabor y el reposo. O una gran comida en La Farola en Altura donde conoce que el amor por la cocina une el amor entre las personas y se le eriza la piel al conocer la bonita historia de amor de María y José Vicente a quienes sus pasiones comunes les unieron en una pasión propia, su amor.
Pero en su ruta aún le queda mucho por descubrir. Jérica se le abre al corazón del viajero con su belleza y señorío. Navajas le adentra en la majestuosidad de sus casas señoriales y de sus plazas y calles. Y en Navajas su viaje se convierte en arte y conoce al gran escultor Manuel Rodriguez conociendo y enamorándose de su obra.
Y en cada receso de su viaje al viajero le agasajan con los productos locales de la mano directa de quienes los elaboran. Y el viajero sigue emocionándose porque conoce que detrás de cada uno de ellos - las mermeladas, los dulces, los aceites, las ollas, los quesos…- hay una historia de vida e ilusión. Gentes y aceites, genial simbiosis.
Ya en su vuelta el viajero reflexiona y recapacita. Ya sabe que su corazón ahora es de Castellón, que su alma ha sido conquistada por las buenas gentes de la comarca, que su espíritu es más vivaz y alegre, y que su memoria gustativa añorará, al menos por poco tiempo, los aceites de una tierra que es oro y de unas gentes que son aceite. Bravo, de nuevo.